Diario-de-una-bruja-Benicassim.mp3
Hay un tipo de persona que me fascina. Se va de vacaciones... pero no a un apartamento suyo, ni a un hotel que haya pagado con su dinero. No. Se instala en casa de la suegra, gratis total, y a partir de ahí habla como si fuese la propietaria de medio Benicàssim.
Empieza vendiéndote el destino como si estuviera describiendo Montecarlo. Yo estuve hace poco y, sinceramente, el pueblo tiene una playa estupenda, cerveza Estrella Galicia en muchos chiringuitos y poco más. De hecho, si quieres una buena parcela en la arena, más vale que pongas el despertador a las ocho de la mañana para plantar la toalla.
Pero llega la experta de turno y te suelta: "Nosotros siempre vamos allí". Claro, dicho así parece que tiene un ático de lujo frente al mar. Luego descubres el pequeño detalle: el apartamento es de la suegra. Esa misma suegra con la que, curiosamente, el resto del año no parece llevarse demasiado bien.
Lo mejor llega cuando otra persona comenta que su hijo ha alquilado un apartamento para disfrutar de unos días. Entonces aparece el comentario estrella: "Uf... estarán carísimos. Pobre chico, lo que tendrá que pagar".
Y ahí es donde casi me atraganto.
Porque hay que tener una confianza extraordinaria para mirar el bolsillo de quien paga sus vacaciones mientras tú disfrutas de unas vacaciones subvencionadas por la familia política.
No hay nada de malo en aprovechar una casa familiar. Al contrario, es una suerte. Lo que resulta difícil de entender es esa necesidad de convertir un favor ajeno en un supuesto símbolo de estatus.
Hay personas que no presumen de lo que tienen. Presumen de lo que les prestan. Y todavía encuentran la manera de dar lecciones a quien hace el esfuerzo de pagárselo todo.
Eso sí que es turismo... de alta comedia.


